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Terra
La Coctelera

EXOTISMO HISTORICO

No merece la pena comentario. Aznar hace el ridículo el solito al abrir su sucia boca.

NO VAYA USTED A POR UVAS, BUEN HOMBRE.

Nadie es inmigrante por gusto.

Normalmente el que va a trabajar a otro país es buscando mejoras laborales o porque simplemente en su país se muere de hambre y gobiernan tiranos con palacios de griferías de oro y otras cursiladas muy caras.

La dedecha proteccionista los admite pero a condición de que adapten su forma de vivir y sus tradiciones a las nuestras, que respeten nuestras leyes, etc.

Si les pedimos cumplir con las mismas obligaciones que nosotros, lógicamente deben tener los mismos derechos; entre ellos el derecho al paro. Excepto a los facinerosos a la gente le gusta trabajar y ganar su dinerito en vez de estar parado.

Si usted es español de Alaurín de la Torre, Zarzacapilla, Belmez de la Moraleda, Poyotello, Morales del Vino o de Jódar, por ejemplo, y quiere ir a la vendimia francesa Mariano le diría: ¡Oiga usted buen hombre quédese en el paro y no vaya a por uvas!, que para eso están los PayosPony.

doctormostacilla

TORREMOLINOS 196...

La tía Conchita llamaba a casa siempre que hacía falta.

¡Cuñada!: empieza el verano y el niño sin vacaciones, me lo llevo.

Tres meses de vacaciones a la casa de Torremolinos. Viaje en avión. Y de vuelta al cole con la camiseta de Tiffany´s.

El tío prefería acercarse poco a poco al olor de Andalucía dejando atrás la monotonía de La Mancha en el coche cama de Wagons Lits.

El primo Ramoncito en su Gordini, pasando Despeñaperros cuando Despeñaperros era Despeñaperros tomando su bocadillo en el chiringuito que había en todo lo alto del puerto.

El primo, aunque murió ya mayorcito, seguía siendo Ramoncito. Estaba Conchitina, su nunca novia.

Estaban Pepe y María. María guisando con la cara siempre alegre, que me gustaba besar para sentir ese sudor limpio que sólo ella tenía, al pasar por la cocina a despistarle algún pescado de los que acababa de freír.

Estaban los espetos que preparaba por la noche Pepe a la puerta de la casa, o sea en la playa (aún no existía el paseo marítimo), para el mismo regimiento de hambrientos al que María había dado de comer.

Estaba Frasquita, que era la hermana de Pepe, que no hacía nada pero estaba allí.

Estaba el hijo de Pepe y María, Manolito, con el que yo jugaba en la fuente cordobesa con los barquitos que hacíamos de trozos de caña. A ratos matábamos las avispas que venían al agua fresca que soltaban las ranas de porcelana de la fuente.

También pescábamos con aperos que nosotros mismos fabricábamos y a los que poníamos de cebo lo primero que encontrábamos; nunca me expliqué cómo conseguimos pescar algo con una simple miga de pan.

Manolo me enseñó a llamar al mar la mar, y yo ya me creía un viejo lobo de ella.

Estaban los Marconi. Los Marconi no eran los Marconi, eran los Gómez; pero Jesús Gómez era ejecutivo de Marconi y siempre se les llamó los Marconi. Los Marconi tenían un hijo que también se llamaba Jesús Gómez y al que se le llamaba Sunito; Sunito Marconi.

Estaban los de Úbeda, de dinero antiguo que llegaban en su anticuado Mercedes conducido por su aún más anticuado chofer. Los de Úbeda comían, merendaban y cenaban los espetos mientras la de Úbeda contaba con mucha gracia sus batallitas con las criadas. Nunca supe cómo se llamaban los de Úbeda.

Estaban Mari Carmen y Doña Lola. Mari Carmen la ciega más lista que he conocido, pues siempre se colocaba al lado de la fuente de chanquetes. Nunca vi que dejara uno solo en el plato.

-Doña Lola ¡cuénteme lo de su marido!- No sé cuántas veces tuvo que contarme la vez que intentaron pasar por la aduana de Algeciras unos cuantos paquetes de tabaco que sacados de su envoltorio colocaron sueltos en el interior de los sombreros de los caballeros, que se quitaron para saludar muy finamente al carabinero una vez terminados los registros; terminó así su intento de contrabando.

Estaban los Mena. Juan Mena siempre llegaba terminado el baño, supongo que porque no le gustaba bañarse. Encarna siempre con sus cremas bronceadoras, no sé para qué, pues estaba más negra que un tizón.

Estaba un matrimonio que no sé quiénes eran. Sólo recuerdo que el marido tampoco se bañaba y pasaba horas leyendo novelas del oeste bajo el calor asfixiante de la sombrilla; con lo bien que se leen las novelas del oeste en los chiringuitos de las playas.

Estaba Emilito Mena, que cuando no cogía la sarna, no se sabe dónde; se había dado una hostia con la moto. Y llegó Luchi a parar.

Estaba Encarnita Mena, mi compadre; estaban nuestros castos paseos (qué pena, por lo de castos) nocturnos por la playa.

Estaba la cajita donde guardaba mi dinero, en la que en vez de menguar los fondos, crecían, pues la tía se encargaba de meter en ella más dinero del que yo había gastado.

Estaba la palmera bajo la que el tío tomaba sus pastillas entre lonchas de salchichón y tragos del vino fresco del porrón.

Estaban las horas en que los mayores dormían la siesta que nosotros aprovechábamos para sentir la calor atravesando los cercanos cañaverales o para subir con la bici por la Loma de los Riscos.

Estaban las divertidas noches del Tívoli para nosotros, mientras los mayores quedaban a la puerta de la casa, abanicándose y suspirando las señoras y charlando y fumando los señores.

Estaba el saludo cariñoso de la tía a Norberto, siempre uniformado hasta los dientes el pobre.

Estaban las gambas del Boquerón de Plata y los riquísimos croissants que la tía me hacía subir de la Pastelería Bagatelle.

Estaban los pintores bohemios de los bajos de La Nogalera. ¿Alguno se haría famoso?

Estaba la Calle del Hambre, nadie la llamaba de San Miguel; sería por los extranjeros (aún no se les llamaba guiris) que devoraban inmensas paellas a las tantas de la noche.

Estaba la garrafa de Quitapenas que traía para mi padre a la vuelta a Madrid.

María se fue pronto, con su sopa de jureles y su ajoblanco. Pepe ya dejó de visitar su tumba todos los sábados del año; tampoco podrá quemar ya los avisperos de entre las tejas, pisando descalzo los insectos medio quemados que iban cayendo. Manolito ahora es un señor banquero.

Ni los Marconi, ni los de Úbeda están ya; ni Mari Carmen ni Doña Lola.

Juan tampoco está y Encarna a veces queriéndose ir con él.

Está Emilito, que ahora es Emilio. Está Luchi, ¡y cómo está Luchi! Está el salero malagueño de Encarnita, que ha sabido convertir en andaluz al catalán de José María.

La tía Conchita, está en su pequeño mundo. Un mundo en el que no sabe que el primo ya no está; como ya no están para el primo ni Marisol ni Curro Romero. Pero en algún sitio podrá oler los jazmines todas las tardes al sol puesto.

Estoy yo, y la que me acompaña, camino de Andalucía.

doctormostacilla

FRASE

La sonrisa es el idioma universal de los hombres inteligentes.

Víctor Ruiz Iriarte

LAS ISLAS. 6

LAS ISLAS DEL PASADO. 6

De cuando el escritor José Gutiérrez Solana, que también pintaba, viajó a París con su tío Florencio y encontraron al cabrón de Picasso.

Por cabeza del Tío Florencio pasaban las máscaras en incesante procesión.

Para unos era el mudo, para otros el tonto, para José Gutiérrez Solana era el Tío Florencio, al que quería mucho.

Quizá se identificaba con él porque Solana también veía máscaras de carnaval. Aquella tarde en que solo Solana en su casa le perseguía una máscara por todas partes.

En Solana todo fue negro. Sus cuadros, sus paseos solitarios o con su inseparable hermano Manuel por los lugares más oscuros como los osarios, las procesiones, los carnavales, los prostíbulos, los comedores de pobres, las tabernas, los hospitales, los depósitos de cadáveres, los arrabales donde encontraba a sus seres deformes. Las locuras familiares como la de su madre, las criadas siempre escandalosas, las muertes prematuras; como la esperpéntica de uno de sus hermanos cuando jugando en el Retiro bajo la vigilancia de una criadita despistada que coqueteando con un soldado este le dio una naranja al niño para que les dejase en paz. El niño se mete entera la naranja en la boca, se la traga, se dan cuenta de que el niño se ahoga, pasa un buen señor que con el bastón intenta sacar la naranja y lo único que consiguió fue que el pobre niño se tragara la naranja y se asfixiase.

El Tío Florencio estaba siempre en el portal de la casa vestido con su impecable traje de arlequín, limpiando la incesante fuente de baba que manaba por su labio inferior con sus también siempre impecables pañuelos.

Aquella mañana dijo Solana a Florencio Cornejo:

- Tío, la próxima semana uno se va a París y usted él.

Los gestos con los que le contestó decían que no, pero el tío Florencio fue a París porque había que ir a París.

Para el Tío Florencio ya no había nada en su vida que el viaje a París con su sobrino y el martes (no era de carnaval) por la noche cogieron los dos el tren a París.

El viaje fue un continuo mirarse las caras tío y sobrino. Cara de agradecimiento del tío por querer llevarle y también del sobrino por conseguirlo, pues el tío rara vez dejaba su guardia en la portería.

Llegada a París tras el cansancio, llegada al hotel con gran portalón como gustaba a Solana, café y bollos, aperitivo y comida en el restaurante que con más pinta de fonda encontraron; paseo, más paseo; otro paseo: cena y vino, más vino.

Aperitivo al día siguiente con Picasso, invitación a la exposición, que se inauguraba aquella misma tarde con el todo París presente.

Llega Solana con su tío a la exposición. Picasso les recibe triunfante, hinchado de gloria. Recorren la exposición entre los señores importantes y las señoras también importantes porque son las señoras de los señores importantes.

El tío Florencio se para delante de uno de los cuadros, lo mira. Se congestiona, su cara se llena de ira, viene

Picasso que se da cuenta.

-Esque tenía que pintar a un tonto y me acordé de tu tío Florencio le dice a Solana.

Solana mira al genio enano: Imbécil, usted es un imbécil.

El tío Florencio que ya no puede más le quita el bastón a Solana y la emprende a bastonazos con el cuadro cayendo destrozado al suelo. Solana recupera su bastón y sigue pegando al cuadro, lo pisotea, pisotea a Picasso y sale dando empujones a los señores importantes y a las señoras de los señores importantes.

A su vuelta a Madrid, me lo encontré una noche estando yo muerto de hambre, apoye mi cabeza en su vientre, besé sus manos con besos tristes de viejo, le pedí un cigarro y Solana comprendiendo mi necesidad me quitó la correa y bajándome los pantalones me ayudo a hacer mis necesidades.

doctormostacilla

LAS ISLAS. 5

LAS ISLAS DEL PASADO. 5.-

Eran las 12 del mediodía y paseábamos por París. Mirábamos las puertas de todos los bares, pero ninguno de los dos se atrevía a entrar en ninguno, aunque los dos lo deseábamos. No sólo para beber, también para comer; pues teníamos hambre, hambre verdadera, ese hambre que se tiene después de haber estado bebiendo hasta bien entrada la madrugada.

Al llegar a la Place du Pont Neuf a ambos nos atrajo la Taberna Henri IV y entramos en ella sin saber que no saldríamos hasta bien avanzada la tarde.

Un mostrador de zinc, olor a aguardiente mezclado con el olor a guiso que salía de la cocina donde se afanaba la mujer del dueño en servir los platos para los comensales habituales.

Después de la segunda cerveza me fije en dos familiares siluetas sentadas a una de las mesas. Se despachan bien pues tenían la mesa llena de platos de entremeses que acompañaban con vino blanco.

-Ven Fernando, dije a mi acompañante, acerquémonos.

Cuando llegamos a la mesa, mi acompañante dijo con su característica voz poéticamente pausada: -Señores, permitan que me presente. Yo soy Fernando Arrabal, escritor y dramaturgo español, maldito en mi tierra y transterrado en la gran France dónde es reconocida y aplaudida mi excelsa inteligencia. Esos entremeses que ustedes toman estarían mejor acompañados de una buena fuente de pichones.

El dueño de la cervecería que escucho lo de los pichones se acerco con su camisa remangada nada más terminar de servir unos vinos en el mostrador.

Dirigiéndose a nuestros anfitriones dijo: -Señores, precisamente hizo ayer mi señora unos pichones en escabeche que tenía previsto servir mañana como plato fuerte, pero si desean puedo servírselos ahora.

Tráigalos y acerque dos sillas para estos señores si desean acompañarnos.

Por supuesto, dije inmediatamente, pues no eran otros que Georges Simenón y el Comisario Maigret.

Terminadas las presentaciones el camarero trajo más vasos y otra frasca de vino blanco. Y así entre entremés y entremés, llegaron los pichones.

Comenzamos a comerlos y como viera Símenón que mi compañero sólo tomó una tajada, le dijo: -¿No quería usted pichones? ¿ Por qué se conforma con un solo trozo?

-Sepa usted mi admirado Simenón que las cosas que se desean cuando ya se tienen no sirven para nada, ahora me gustaría comer unos buenos arenques.

Pues no se hable más, camarero traiga arenques, dijo Simenón, siempre buen anfitrión, aun sabiendo que Fernando sólo los probaría. Mejor para él pues era su plato favorito y los tomaba habitualmente en el desayuno.

Para asombro del maitre de un gran hotel donde se alojo una temporada cuando pidió rollmops y dos cervezas para desayunar y le sirvieron pasado un buen rato unos filetes de arenque adornados con huevo duro, aceitunas y mayonesa finamente presentados.

-¿No tienen ustedes rollmops de verdad, pregunto?

Simenón comió aquellos arenques de lujo, pero al día siguiente cuando se sentó a la mesa puso un gran frasco de auténticos rollmops. Como el maitre era un gran profesional preguntó:

-¿Cuántos le sirvo?

-Dos, con dos cervezas.

Al terminar la comida, a instancias de Maigret nos sirvieron unos vasos de calvados. Uno, otro, otro,…

-El calvados es una bebida excelente, es como el orujo español, pero con un sabor más agradable. Pero ahora nos vendrían muy bien unas copitas de anís. ¡Camarero! traiga una botella de anís y unas copas.

Eres un exagerado Fernando, de dije.

-No creo que más que nuestro amigo Simenón.

-¿Porqué lo dice? replicó Simenón.

-No negará que usted fue un auténtico exagerado. -Fue exagerado escribiendo, pues se cuentan por cientos sus relatos y novelas; fue exagerado fornicando, pues se dice que se acostó con 10.000 mujeres; fue exagerado gastando dinero, pues con los derechos de sus libros y de las adaptaciones para el cine ingresó grandes cantidades de dinero que despilfarró en sus casas, castillos y en los hoteles más caros, fue exagerado queriendo a sus hijos, fue exagerado comiendo, bebiendo.

-No crea todo lo que se dice de mí. Mis mujeres sólo han sido mil, lo otro lo dicen las malas lenguas. En cuanto a mis hijos han sido mi única riqueza que intente administrar con codicia. Un ejemplo de ello fue cuando me divorcié de Tigy, mi primera mujer. Hice concesiones económicas más que millonarias con la única condición que Tigy, que se quedaba con la custodia de nuestro hijo Mark, no viviera más lejos de 50 millas de donde yo lo hiciera, para poder verle cuando yo lo deseara.

-Y usted que se considera una persona humilde ¿como ha vivido una vida tan exagerada?

-Nunca he dado valor al dinero, que a partir de cierta época gané con tanta facilidad. No he tenido avaricia de guardar y lo he disfrutado no sabe usted de que manera. Pero en ningún momento ha sido por vanidad. En mis casas, en mis castillos, en los grandes hoteles en los que me he hospedado, nunca me he considerado el amo y señor; y nunca he menospreciado a ninguna de las personas que me han servido; al contrario siempre busqué conocer a la persona.

-Por otro lado, continuó, siempre he deseado una vida sencilla junto a una mujer sencilla, pero no lo conseguí hasta el final. Si usted analiza mi obra sobre el comisario Maigret, creé un personaje humilde y sencillo, con una vida personal nada apasionante y una mujer cuya única preocupación era hacerle la vida agradable. Yo en cambió, viví sobre todo con mi segunda mujer un camino cada vez más tortuoso hasta que afortunadamente encontré a la que me dio la tranquilidad y la serenidad que tuve en mis últimos años.

Maigret escuchaba entre ofendido y resignado, pues si bien su vida profesional era intensa la privada era insulsa.

Terminada la comida y la conversación salimos a la calle Arrabal y yo.

-Te dejo Fernando, voy a mi hotel a dormir, mañana nos vemos.

-Perdón, ¿quién es usted, caballero?

Sé que la mayoría de los genios son despistados, que sólo piensan en ellos y no dan la más mínima importancia a los demás (Arrabal es un genio), pero consideré una gran ofensa que después de pasar más de un día con él: de beber, comer y charlar me ignorase de esa manera. Por lo cual no quiero saber nada más de ese impresentable.

Nota: Los auténticos rollmops se componen de un filete de arenque crudo enrollado a un pepinillo, condimentado con especias y macerado en vinagre con crema de leche.

doctormostacilla

LAS ISLAS. 4

LAS ISLAS DEL PASADO. 4.-

Si paseamos por la Gran Vía, enseguida nos damos cuenta de los sitios clásicos que han ido desapareciendo durante los últimos años.

De alguna manera deberíamos protejer estos lugares, pues la mayoría de las veces estas desapariciones se deben a fallecimiento del propietario o a intereses económicos de los mismos, para ubicar negocios más lucrativos.

Uno de estos lugares que menciono es la Cafetería Fuyma. Un sitio encantador frecuentado por gente fina y alguna buscota de cierta categoría. Recuerdo una de ellas, muy grande de tamaño siempre acompañada por algún señor entrado en años y con la cartera bien repleta.

Aquí precisamente fue dónde coincidí con Cesar González Ruano. Maestro de periodistas.

-Don César, pregunte nada más entablar conversación: ¿Es cierto que usted dijo en cierta ocasión que le gustaría ser rico para comprar un banco y convertirlo en café?

-Efectivamente, así lo dije.

-Pues tengo que darle una alegría.

-Adelante.

-Hace ya años desapareció un antiguo café. Allí pusieron la oficina principal del Banco Credit Lionnays. La cual funcionó durante muchos años.

Pues tengo que decirle que dicha oficina bancaria ya no existe y ha sido sustituida por una cafetería, moderna, eso sí, pero al fin y al cabo dan café.

-Pues eso que me ahorro. Hablando de otro tema, sabe usted, Morales, que yo siempre he sido una persona muy particular. ¿Podría decirme si ese premio denominado César González Ruano, que crearon hace algunos años, tiene el nivel que a mí me gustaría?

-Lo que le puedo decir, don César, son las personas que lo han ganado y su trayectoria periodística.

-A mi, amigo mío, lo único que me importa es saber si piensa usted que me gustarían los agraciados; conociendo, como usted conoce, mi manera de vivir el periodismo, mi particular bigote, mis cigarritos…

Dicho esto, se levanto apresuradamente manteniendo su elegante porte y me dijo:

Usted perdone, pero tengo una cita inaplazable aquí mismo,…señorita, señorita…

doctormostacilla

LAS ISLAS. 3

LAS ISLAS DEL PASADO. 3.-

Hace algunos años había una heladería en la calle de Alcalá, frente al Retiro y junto a la iglesia de San Manuel y San Benito.

Dicha heladería la descubrí una tarde en la que salía de sentarme a descansar en la iglesia.

Para sentarse en una iglesia no es necesario rezar, ni siquiera ser creyente. Hay casos curiosos como el de la Catedral de Málaga. En Málaga es habitual en los meses de verano que mucha gente de la que pasa cerca de la catedral entre un rato a beneficiarse del fresquito, a meditar y a echar alguna que otra cabezadita; alguno incluso reza.

En cierto momento no se le ocurrió otra cosa al Obispo que cerrar la Catedral al medio día, justo a la hora en la que más aprieta el calor. Las críticas a dicha actuación fueron feroces; lo que hizo al Obispo rectificar en su decisión para regocijo de los habituales.

Una tarde al salir de refrescar mi espíritu de la Iglesia fui a refrescarme más terrenalmente a la heladería.

Entrar en ella era retroceder varias décadas en el tiempo, pero me acostumbré.

El teléfono era de los negros de baquelita, los frigoríficos con las esquinas redondeadas, los vasos y las copas del cristal del bueno pero rayado ya por el paso del tiempo. Había incluso un carrito de heladero callejero que seguramente había utilizado en sus primeros tiempos el propietario de la heladería, ya fallecido, marido y padre de las actuales dueñas.

Eran ellas unas mujeres secas, sin edad; acostumbradas desde hacía años a las mismas posturas, a las mismas conversaciones con los clientes de siempre. Y aunque ellas no fueran aparatos lo parecían. La hija apoyada en el mostrador y la madre siempre sentada en una silla a la que habían serrado las patas (aunque la silla baja se inventara en las porterías)

Una de las tardes en las que entré (en las heladerías no se entra por las mañanas), encontré sentada de espaldas una silueta que me era bastante familiar. No era otra que la de RAMON.

-Hombre don RAMON, ese helado que está usted tomando no es lo más adecuado para su creciente flebitis.

-Lo sé, lo sé; pero la golosinería es uno de los pocos placeres que aun me puedo permitir.

-¡Y encima de tres bolas!

-Es que es la cantidad adecuada.

-No sé, no sé.

-Pues voy a explicarle a usted porque tienen que tener tres bolas.

Se levantó de su asiento, cogió el antiguo carrito de helados, le quitó el uniforme al maniquí que representaba al heladero y poniéndoselo salió a la calle.

-Señoras y señores asistan a la conferencia gratuita que Ramón Gómez de la Serna pronunciará inmediatamente sobre la exactitud de las cosas.

Fui su primer espectador, pero al cabo de unos minutos se congregó gran número de paseantes que a falta de otra cosa que hacer se pararon dispuestos a escuchar semejante conferencia.

-Señores, conozcan ustedes la importancia de tomar el helado con la cantidad exacta de bolas. Nunca se les ocurra aceptar un helado con menos de tres bolas ni con más de tres.

Dos bolas son pocas, porque la primera sirve para conocer el sabor; pues aunque se pida de un sabor concreto cada artesano puede darle un toque personal.

La segunda bola sirve, para una vez tomado el gusto a la primera, confirmar si estamos de acuerdo o no con su sabor

La tercera de las bolas es la más importante, pues es la que realmente va a saciar nuestra ansia veraniega y es la que después de un rato de haberla tomado nos recordará el sabor de nuestro helado.

Por eso digo de nuevo que dos son pocas y más de tres sería gula.

Aunque de verdad cuando se saborea adecuadamente un helado es en invierno. Tomen ustedes los helados en invierno.

Desde entonces nunca admito que se me sirva un helado que no tenga exactamente tres bolas y lógicamente no tomo ninguno durante el verano.

doctormostacilla